Imagen de Pomona

Historia de una Diosa

En tiempos antiguos, cuando los dioses caminaban entre los mortales y los bosques eran sagrados, existía una dama de las huertas cuyo poder hacía florecer los árboles y madurar los frutos. Su nombre era Pomona y en los jardines más frondosos de Roma su presencia era venerada. Nadie en todo el imperio podía igualar su destreza en el cultivo de los manzanos, los viñedos y las higueras. Pero Pomona era celosa de su don, y su corazón estaba cerrado al amor.

Muchos pretendientes acudieron a ella, dioses y héroes por igual, pero su indiferencia era inquebrantable. No deseaba distracciones, solo el goce de ver la tierra fructificar bajo sus manos. Entre los que la codiciaban se hallaba Vertumno, señor de las estaciones, capaz de cambiar su apariencia como el viento cambia su curso. Viéndola rechazar a todos, él decidió valerse de su arte para acercarse a ella.

Un día, disfrazado de un anciano de aspecto sabio, Vertumno se presentó ante Pomona y con voz pausada comenzó a narrarle la trágica historia de Anaxárete, una doncella que, por despreciar el amor verdadero, fue castigada por los dioses y convertida en piedra fría. Sus palabras, tejidas con el arte de la persuasión, lograron tocar el corazón de Pomona. Fue entonces cuando Vertumno reveló su verdadero rostro, y ella, por primera vez, vio en él algo más que un pretendiente: un alma tan vinculada a la naturaleza como la suya.

Así fue como Pomona, guardiana de los frutos, permitió finalmente que el amor floreciera en su corazón, al igual que hacía con los árboles bajo su cuidado. Desde entonces, juntos gobernaron las estaciones y los cultivos, asegurando que la tierra diera sus bendiciones a los hombres.

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